
Cuando hablamos de las inmensidades del universo un vértigo recorre nuestra espina dorsal estremeciéndonos… ¿Quién podrá saber que hay en esas soledades?
Millones de años de viaje para un atleta cósmico como la luz significan distancias impensables para nuestros perezosos carros físicos. ¿Quién podría embarcarse en este viaje volador…? Tal vez la mente.
O alguien que vuele también por encima de sus zapatos auxiliado por algún poder que ponga alas a sus sandalias, como Apolo, o que saque algún hechizo mágico de algún librito alquímico olvidado en la prisión de Paracelso.

En la cultura occidental, a la que pertenecemos, el sondeo de lo muy lejano empezó tardíamente después del siglo XV, con Copérnico, Galileo, Giordano Bruno y más tarde Kepler. Esto es una consecuencia típica de la manía anticientífica del clero, de los poderes religiosos y monárquicos que reservaban el conocimiento para los curas y para Dios. Por lo demás reinaba una ignorancia colectiva fermentada en los mitos de la creación divina y el geocentrismo teológico y mantenida mediante censura, castigo y miedo.
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