[1]Si las flores atrapan el polen y los ovarios se fertilizan, el desarrollo de las semillas de cannabis se convierte en el principal centro de actividad de la planta. Dicha actividad desvía la energía de la producción de resina y añade peso sin incrementar el contenido de la droga, de modo que, desde la perspectiva farmacéutica, la polinización [2]no es un fenómeno deseable. El cannabis que se cultiva por la flor sin simientes se denomina sinsemilla. El cannabis sinsemilla no tiene nada que ver con el azar genético, como ocurre con las uvas o la sandía sin pepitas; simplemente no ha sido fertilizado. Puesto que no produce semillas, es la variante más potente de marihuana con relación al peso y la que suele alcanzar el valor de mercado más alto siempre y cuando esté correctamente recortada y secada.
Los tricomas (minúsculas glándulas con forma de seta) se concentran en las hojas y las flores hembra superiores del cannabis y contienen buena parte de los compuestos medicinales [3]. En las variedades más potentes del cannabis, estas glándulas resiníferas revisten el cáliz y los vellos pistilados y resplandecen como cristales escarchados. En su interior se encuentran muchas de las sustancias químicas curativas de que trata esta obra: los compuestos resinosos de la hierba. En la forma natural y pura de la marihuana con fines terapéuticos, [4] dichos compuestos son una terapia tradicional y clínicamente demostrada que resulta segura, eficaz y asequible. Se pueden analizar estas sustancias químicas, el modo de operación del cannabis, las inquietudes que es necesario resolver con respecto al consumo y las medidas de seguridad y lo que todo esto representa para el enfermo en particular y para la sociedad en general. Se trata de interrogantes que han resonado a lo largo de los siglos y que han adquirido mayor importancia a medida que crece el movimiento a favor de la legalización del cannabis con fines terapéuticos.