[1]Basados en lo que se ve, se lee y se vive actualmente, se observa un pródigo regreso, un lento retorno a lo mágico, al respeto y al reencuentro permanente de nuestra especie con la marihuana. Esta relación vegeto-psico-animal ha estado viviendo un accidentado trance de discordias inventadas y reconciliaciones sensatas en la segunda parte del siglo XX y en lo que va del nuevo siglo.
El origen del prohibicionismo tiene varios antecedentes, pero los más significativos para las repúblicas hispanoamericanas, son las constituciones y códigos legales y penales europeos y estadounidenses.
En pocas líneas, la semilla de la censura más firme se hizo notar desde Norteamérica. Pero con una raíz trasatlántica, la prohibición es reflejo de las políticas ambiguas de Inglaterra, del ideario puritano que luego desembarcó corporizado en los colonos que plantaron bandera en la costa Este de lo que hoy conocemos como los EE.UU. de América.
Muchas de nuestras leyes y normas están inspiradas en normas morales de diferentes religiones. Es por eso que las supersticiones y mitos contenidos en la religión se han traspasado a estos terrenos oficiales haciendo un tejido intrincado de prejuicios y contenedores sociales.
En teoría, las leyes deberían defendernos de los demás sujetos. Se encargarían de equiparar los derechos de unos con respecto a los de los otros.
La prohibición en el tráfico, suministro, tenencia y consumo de cannabis domina el ámbito legal del planeta pese a que las existencias y consumo de sustancias ilegales es cada vez mayor.
También aumenta la delincuencia y el consumo inconsciente, fatalmente destructivo como todo hábito jamás guiado, nunca naturalizado y recluido así al “valle del pecado”.
Es lógico pensar que las leyes deberían estar defendiéndonos de los demás y no para coartar nuestros derechos individuales, parte de nuestro desarrollo como personas donde está, sin duda, involucrada también la evolución del todo el cuerpo ecosocial.
Sin embargo se ha legislado para obstaculizar y “ensuciar” el derecho vital a alternar los estados de conciencia.
Se ha perseguido el derecho a vivir, a sentir en favor de nuevas experiencias.
La vida misma se ha topado con un viejo prejuicio que no es más que un miedo: El miedo del sistema a cambiar su ordenamiento de las cosas.
Los modificadores de conciencia son, por esencia, propulsores del cambio; virtud que se desprende como resultado de un cambio subyacente al fenómeno de observar: el cambio desde “aquí adentro”. [2]
Se trata del llamado fenómeno cuántico:
El agua toma la forma del recipiente.
La realidad que vemos toma la forma de la psiquis que tenemos al momento de observar.
Al llenar nuestras vidas de experiencias, nuestra percepción de la vida tiene la forma de nuestro recipiente mental.
El aparato receptor y medidor del experimento, la lente que mira, el ojo que observa, “produce” lo que ve.
Pero los legisladores, sin tener en cuenta las propiedades medicinales del cannabis, ni la aun más importante relevancia del mismo en los terrenos de la inteligencia, la memoria, la idea del espacio/tiempo, etc. decidieron ponerla en la lista de sustancias muy peligrosas.
La prohibieron sabiendo que era inocua, de acuerdo a las pruebas de laboratorio, es decir, sin ser dañina para la salud, estadísticamente inofensiva pocas veces responsable en accidentes o actos delictivos, sin víctimas de sobredosis ni generadora de conductas agresivas.
Las Naciones Unidas la prohibieron…
¿Por qué? ¿Cómo es que se ha podido llegar a convencer a la población de respetar tal atropello?
Simplemente porque existe una gran ignorancia del fenómeno y se escucha el rumor de fondo. El rumor de fondo es el hervidero de prejuicios y miedos. Se alimenta del desconocimiento y del miedo igual que cualquier mito.
Por eso urge el promover la información genuina.
El status quo prefiere las cosas como están a involucrar nuevas visiones y percepciones del mundo.
Cuando se argumentó para prohibir, como sustancia peligrosa, la marihuana se dijeron acusaciones tan absurdas como insignificantes.
Los “quemabrujas” dijeron que la marihuana inspiraba al homicidio. Montaron una campaña de desacreditación.
Es lo que se conoce como la demonización de las drogas.
Un comisario norteamericano representó la cruzada inquisidora más feroz de nuestro tiempo y desplegó el rollo más extenso de drogas prohibidas inventado hasta esa fecha.
Su bandera se enfrentaba contra los “demonios” disfrazados de sustancia química o camuflado tras un “engañoso traje de inocente arbusto, dentro del cual habitaba el demoledor de la fe”
Muchas legislaciones se ciñen a la posición de las Naciones Unidas en lo relativo a la marihuana; pero las cosas están cambiando.
Ya en 1972 se avanzó en el terreno de la despenalización en California donde se redujo el tiempo de prisión para los traficantes y se despenalizó la tenencia y el consumo.
El regreso de la marihuana empieza en el mismo EE.UU. luego de haberla prohibido. Otra vez las ambigüedades del sistema.
Una fuerte razón económica lo suscita por encima de los escrúpulos religiosos: No alcanzaba la producción de Jamaica, México, Colombia, Panamá y Brasil para satisfacer el mercado.
Se empezó a importar cáñamo desde Tailandia.
De Afganistán, Nepal, India, Pakistán, Turquía, Líbano y Marruecos provenía el haschisch intentando cubrir el creciente pedido de este “chocolate” de la mente.
Pero la demanda era grande así que empezó a cultivarse en forma casera sobre todo en Hawai. Allí proliferó y generó buenas cosechas con resultados maravillosos en todos los aspectos productivos de rendimiento y calidad.
[3]Para 1976 EE.UU se estaba convirtiendo en el principal productor mundial.
En la batalla presidencial de Norteamérica, Ford y Carter, concientes de la influencia de la contracultura en la caída de Nixon, querían ganar votos y se mostraron abiertos a los cambios, favorables a la despenalización del cannabis y, en forma más discreta a algunas otras drogas más potentes.
Por otro lado, la reivindicación de la marihuana, toma impulso en 1979 – 1980.
En España, una encuesta reveló que un 30% de la población adulta usa ocasionalmente el haschisch mientras que cerca de un 10% de los adultos jóvenes y mayores son consumidores asiduos de cannabis.
Cuando en el año 1982 los socialistas obtuvieron el gobierno no ocultaron sus simpatías por el cáñamo, como droga recreativa y con la mayoría absoluta, en la votación, pudieron modificar el artículo 344 del Código Penal, reduciendo el tiempo de prisión al tráfico y despenalizando su posesión.
Hoy se distingue ya a los opiáceos y al alcohol como drogas duras, mientras que al cáñamo o marihuana se lo considera, tanto popularmente como “médicamente” droga blanda.
No olvidemos aquí la sugerencia del propio Antonio Escotado [4], erudito en el tema, científico, hombre de extensa e intensa experiencia farmacológica e inspirador de este y muchos otros trabajos publicados [5] y por publicarse:
La “blandura” o “dureza” de las drogas depende más del uso subjetivo que se hace de ellas que de unos parámetros objetivos.